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Yo no hago que las cosas pasen, ni obligo a nadie a actuar. Yo solo pongo el escenario.

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Yo no hago que las cosas pasen, ni obligo a nadie a actuar. Yo solo pongo el escenario.

Mensaje por Galatea A. Giorgatos el Mar Sep 25, 2012 11:04 pm

La zona Oeste, la zona del pecado. Así la llamaban muchos y sólo hacía falta observar sus calles plagadas de alcoholizados humanos reposando sus casi inservibles cuerpos sobre las aceras y las paredes manchadas de mugre o las prostitutas intentando atraer clientes hacia su burdel para reconfortarlos con el placer de sus carnes calientes para darse cuenta de cuan acertada era dicha información. Era pues normal encontrar un demonio allí, aunque no tan normal vislumbrar a una joven adolescente recorriendo las atestadas y ruidosas calles. Pero por extraño que resultase ambos conceptos se habían unido para dar vida al ser que caminaba a paso sereno y tranquilo esquivando borrachos y sonriendo de manera dulzona y vacía a la puta de turno en la esquina de la calle. Aquella noche había salido a pasear bajo la suave luz de la luna Galatea Andras Giorgatos. Algunos se detenían a mirarla con extrañeza, otros deslizaban sus ojos lujuriosos por sobre las cuervas femeninas y otros ignoraban su presencia más centrados en dar complacencia a sus placeres pecaminosos que en prestar atención a lo que sucedía más allá de sus narices. La chica no les prestó atención, en aquel momento no eran más importantes o interesantes de lo que podía ser el barro en la suela de sus zapatos. Aquellos no eran juguetes divertidos porque ya estaban rotos, listos para tirar a las profundidades del averno donde otros demonios con menos suerte y rango que ella los podrían disfrutar. Los demonios de las sobras, le gustaba llamarlos.


Aquella noche tenía planes. Iba a reunirse con su pequeño y desobediente esclavo tras dos días sin verlo. No era culpa suya, sencillamente es que el chico podía ser muy aburrido cuando se lo proponía. Pues aunque Galatea estaba segura que en su interior se encontraba un ser amante de la sangre y el dolor, una verdadera máquina de matar, un ser con potencial, el muchacho parecía empecinado en mantenerlo encadenado en las profundidades de su ser. Aquello la molestaba, pero la paciencia siempre había sido una de sus virtudes —si un demonio podía tener algo que se considerase una virtud— y estaba dispuesta a esperar lo que hiciese falta. Ya había llegado a esperar años, centurias incluso para que sus planes finalmente cuajaran y pudiera divertirse a sus anchas. Para que pudiera abrazar aquel sentimiento que muchos llamaban felicidad, pero alguien tan vació y podrido como ella pocas veces podía llegar a sentir algo así en realidad. A cada siglo que pasaba más le costaba llegar a identificar dicha sensación. Hacía mucho ya que no la llenaba sentir la calidez de la sangre de sus víctimas bañando su cuerpo, ni hacerse collares con sus dedos o pendientes con sus orejas, ni si quiera el hecho de doblegar a alguien a su voluntad hasta tal punto que lograra hacerle cometer los actos más viles y crueles en su nombre con la máxima de las satisfacciones la llenaba. No, aquello era demasiado repetitivo ya y ahora con sus más de 2000 años de vida necesitaba algo más, necesitaba retos.


En ese momento justo vio a su reto, parado en mitad de un apestoso callejón recostado contra una de las paredes. Sus labios se ensancharon rebelando una sonrisa llena de perversidad y promesas de dolor y se acercó a él con sus pasos pausados y suaves, sin hacer el mínimo ruido.- Oh, Jaako, me alegro tanto de que hayas llegado a tiempo. Hoy tengo una sorpresa para ti y sabes que odio que me hagas esperar. –sus palabras con voz lánguida y dulzona no acompañaron a sus ojos, presas de un brillo que prometía mucho más de lo que decía.- ¿Te habrás acordado de traerme mi café, verdad? Ya sabes lo que me gusta esa bebida, creo que es de las pocas cosas que habéis hecho que valga la pena. -le gustaba provocarlo con sus frases sin sentido y sus respuestas a preguntas jamás formuladas.- No me gustaría tener que enfadarme nada más verte después de casi dos días sin saber de ti.
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Galatea A. Giorgatos

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Re: Yo no hago que las cosas pasen, ni obligo a nadie a actuar. Yo solo pongo el escenario.

Mensaje por Jaakko A. Vertanen el Miér Sep 26, 2012 6:36 am

19:30 Albergue de Praga

Dos días sin saber nada de ella. Dos dias de tranquilidad. Por momentos me olvidé de ese pacto pese a lo reciente que estaba todo. No fuí al funeral debido a que ella me trajo aquí. A Praga. Todo lo tenía en Finlandia. Toda una vida, aunque fuese jodida pero la tenía. En estos dos dias con el poco dinero que había cogido pude pagarme un albergue donde dormir junto con una libreta y un boli del que no me separaría. Los llevaría conmigo quisiera o no. Era una libreta pequeña donde podía escribir ideas, momentos, pero sobretodo ideas y dada las circunstancias tenía muchas. Con ello iba a declarar la verdad al mundo sobre demonios y seguramente habría angeles porque eran como un matrimonio, uno sin el otro no saben vivir. Dos días de aparente libertad y con los que soñé volver a mi país natal, volver a casa pero era lo suficientemente "pobre" como para ello. Me había hecho unos curriculos por si encontraba trabajo para permanecer ahí pero no eran decentes debido a que como aun no tenía la carrera finalizada y a estas horas dudaba que la pudiese finalizar el trabajo se esparcía, ni siquiera de camarero debido a que no dominaba el idioma, ni siquiera sabía decir un triste hola. El ingles no les valía, ni el sueco ni el finlandés. Nada.

Hoy era el tercer día de libertad o almenos eso pensé cuando me desperté de buena mañana en aquel albergue que pese a que normalmente eran viajeros sin rumbo o familias con mala situación economica, se respiraba cierto aire a vida paralela con la ciudad. Mucho más calmado, sin sonidos a coches ni calles a rebosar de gente a la que no entendía. Allí se respiraba algo así como a un hogar donde cada vecino hacía por ayudar al otro aunque en mi caso, sobretodo cuando veía a las famílias, recordaba a mi madre. Ella estaría en casa sola. Preguntandose donde demonios me había metido, suspiré observando a los nuevos vecinos cuando recibí un mensaje de la que deseaba que se hubiese ido y me hubiese olvidado por casualidad. El destino se negaba a concederme ese deseo. Abrí el viejo movil y ví su sms "Zona oeste, esta noche a las 22:00. Traeme café". Cerré el movil casi por reacción. Vi la hora en el reloj de muñeca, aun tenía tiempo. Aquel día de supuesta libertad había finalizado y no sabía si decir al director del lugar que dejaba de ir o simplemente no decir nada. Optaba por lo segundo, imaginaba que si no regresaba harían como que dejaba de pagar ¿no?. Pasé el resto de tiempo escribiendo lo que vendría a ser el prólogo de la historia. Mi historia pero con protagonista diferente.

---

21:45 Calles de Praga

Corría por las calles en dirección a la Zona Oeste, no era dado a coger el tranvía porque aun me perdería. Odiaba aquella situación de la que no era dueño. Odiaba ser un mero peon en aquel ajedrez donde la reina era Galatea. Odiaba tener su marca en la muñeca como si fuera un producto de supermercado. Pero prefería eso a que mi madre hubiese muerto, aquello si sería difícil de mantener en la conciencia, aunque la muerte de ese ser tampoco me dejaba indiferente. Aun algunas noches lo recordaba agonizar frente a nosotros, pidiendo ayuda pero girando el rostro a modo de respuesta. Era duro ver como alguien moría delante de tí pese a haber matado por culpa de ella. Aunque disfrutaba, pero siempre se lo negaría. No iba a ser la máquina de matar que ella deseaba e iba a ponerselo MUY difícil. Si esperaba que obedeciese despues de haberme sacado de aquella vida de tranquilidad o almenos aquella vida en la que era el que la gobernaba, lo llevaba claro. Más de un mes juntos y aun no había aceptado que no iba a hacerle caso ¿ que más quería? ¿luces fluorescentes en mi cabeza diciendole que no?. Estaba obsesionada y no entendía el porque. No era un asesino ,"si lo eres" repetía la mente cuando negaba aquello. Dí un bufido de disconformidad ante mis propios pensamientos.

Cuando llegué a la zona oeste, donde solíamos ir ella y yo, observé que no había llegado. Escondí la libreta y observé aquel apestoso callejón que olía a rata muerta. Me recosté sobre la pared a esperarla. No era su esclavo. No trabajaba para ella (pero ahí estaba). Hubiera podido no ir pero por si acaso, aun tenía algunos recuerdos de desobediencia demasiado recientes y que escocían cada vez que los tocaba. Solo iba a ir como mero espectador y por pura curiosidad. Nada más. Estaba pensativo cuando escuché la voz de Galatea en el callejón, dejé que se acercara dado que era una muestra de que no iba a ir detrás de ella corriendo cual perrito al ver a su ama. No-Lo bueno se hace esperar ¿nunca habías escuchado eso?-dije a modo de defensa por aquellas veces que llegué tarde (a drede).

-No lo traje-dije en cuanto a lo del café, se me había olvidado ¿y quien bebe café por la noche? un demonio. Estaba claro. Suspiré con paciencia ante lo que dijo, siempre metiendose con los humanos, sabía que eso lo odiaba, sabía que me molestaba y que me enfadaba de sobremanera pero en vez de cabrearme como solía pasar, me quedé en silencio durante un periodo de tiempo, eso sí, de brazos cruzados-¿Y la sorpresa?-dije finalmente
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Re: Yo no hago que las cosas pasen, ni obligo a nadie a actuar. Yo solo pongo el escenario.

Mensaje por Galatea A. Giorgatos el Jue Sep 27, 2012 1:47 pm

En otras circunstancias ni si quiera se habría molestado en escuchar sus palabras. Pues para un demonio con más de 2000 años de antigüedad las palabras de un humano no solían ser más importantes que el zumbido de un insecto bajo la suela de sus pies. Pero ahora las cosas eran diferentes, un profesor debía escuchar a su alumno. Tenía que aprender a adentrarse en su mente, a entenderla y moldearla con sus manos para dar a luz a la maravillosa y terrorífica criatura asesina que estaba segura podía hacer de aquel muchacho con cara de retrasado. Desde el instante mismo que lo había visto andando por las frías calles de su país natal, con la mirada perdida y el rostro bajo pudo saborear aquella ira y odio ciegos contenidos en lo más profundo de su alma. Como quien intenta retener un río con poco más que unas piedras. Acabaría desbordándose, Galatea lo sabía tan bien como sabía que el sol salía cada mañana. Ya lo había visto docenas de veces antes, cientos de veces antes. El río se desbordaría y entonces, junto a los cuellos desollados y los corazones arrancados se sabría vencedora. El mal siempre triunfaba por sobre el bien, siempre. Así que no iba a permitir que aquel muchacho lo tirara todo por tierra sólo por sus ridículos deseos de mantener su alma pura y casta porque aquello era algo que ya no estaba en sus manos. No al menos desde que sellaron el pacto y le vendió su alma por un precio tan bajo como fue matar a su padre. Ahora su alma le pertenecía y haría con ella lo que le viniera en gana, como siempre había hecho.

- No te equivoques chico, no te he hecho venido para formar parte de una farsa de discusión sin sentido. - siseó, una vez perdida la sonrisa. Su rostro era un manto de frialdad e indiferencia y sus ojos… ¡sus ojos! Eran dos profundos pozos muertos llenos de almas calcinadas que ya habían caído ante ellos cientos de años antes que él. –He venido porque me estás haciendo perder el tiempo. Así que ya es hora de que hagas algo de provecho, y la harás. –o sino tendría que empezar a replantearse la verdadera utilidad de aquel muchacho.- Empezando quitarte esa cara retrasado con la que siempre me miras... Pero no me detendré ahí, por supuesto. –sin embargo no continuó anunciando sus planes completos. Sencillamente calló de pronto, quedándose allí de pie observando sin cesar el rostro pálido y pecoso del chico pelirrojo. Esperaba que su ira saltara restallando como un látigo, justamente el resultado que buscaba. Aquel chico tenia potencia, cierto, pero con su parsimonia y su cara amable y distraída no iban a conseguir nada. Suspiró finalmente y dio media vuelta, rotando sobre a punta de sus pies con un movimiento grácil y elegante, para echar a andar a continuación.- Sígueme, puedes empezar a gritar por el camino. –su tono fue lánguido e indiferente hasta los extremos.

En realidad, podía optar por no seguirla, pero aquello no serviría de nada, pues si quería obligarlo a ir a algún sitio lo haría, y ambos lo sabían a la perfección. Se adentraron más en el callejón, casi siendo tragados por las tinieblas. La calle se estrechaba cada vez más y el ambiente parecía enturbiarse también más a cada paso que daban. Galatea metió las manos en los bolsillos de su chaqueta en busca de calor, mientras que su mirada se mantenía al frente, fría e indiferente, parecía ir más sola que acompañada. Se detuvo de pronto al llegar al fin a su destino frente a una desgarbada puerta de lo que antaño debía de haber sido alguna vivienda, pero que ahora estaba abandonada. De un ligero empujón abrió dicha puerta y perpetró en la oscuridad reinante. Subió por las destartaladas escaleras y empezó a recorrer el amplio pasillo. Algunas puertas estaban abiertas y podía verse en su interior a alguna que otra pareja liberando sus instintos más bajos o empachándose con alguno de sus prohibidos vicios. Galatea no se detuvo ante nadie, sino que continuó pasillo arriba hasta llegar a las escaleras que llevaban al desván. Subió los cinco escalones y, al fin, sonrió de nuevo al contemplar a la adormilada mujer sobre un sucio colchón en el suelo.- ¡Sorpresa! –siseó junto al oído Jaako cual serpiente.- Esta va a ser una noche muy especial…
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Re: Yo no hago que las cosas pasen, ni obligo a nadie a actuar. Yo solo pongo el escenario.

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