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Run, run, run and hide - Tälia.

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Run, run, run and hide - Tälia.

Mensaje por S. Burne Kiles el Vie Sep 21, 2012 9:40 pm


Run, run, run and hide.
Con Tälia + 6:00 AM + Cuevas

Tick, tack, tick, tack... El sonido del reloj era insoportable. Irritable a más no poder. Nerviosa, daba golpecitos con la punta del zapato en el suelo, provocando un ruido sordo que se mezclaba con el odioso tick, tack del reloj de pared. Antiguo, muy antiguo. No quería viajar demasiado al pasado ni saber de que tatatarabuelo, o lo que fuera, lo habían heredado mis padres. Aunque por una parte me gustaba. Un reloj de cuco. Cuando era pequeña, me encantaba ver salir al pajarito de su escondite. Me sorprendía e ilusionaba, aunque no llegaba a saber por qué. Ahora no tenía tanta gracia. Me irritaba y no me dejaba dormir. «Maldito reloj infernal.» Me erguí hasta quedar sentada en el borde de la cama y miré con odio a los grandes números negros por los que pasaba la flecha. Podía sentir como si el pájaro, que había cobrado vida, me mirara con malicia a través de las pequeñas puertecitas de madera que lo escondían. Como si hubiera ganado la batalla.

- Te odio. - sentencié con rotundidad.

Suspiré y me levanté de la cama hecha un desastre. Ya sabía que mientras dormía me movía demasiado, así que no me molesté ni en arreglarla un poco. Ya lo haría cuando volviera. Encendí la lamparita que había en el escritorio y, aunque con poca luz, me acerqué más al reloj para distinguir donde señalaban las manecillas. Las cinco y cincuenta y siete. Una hora perfecta. Me mordí el labio, esperando que mi huida no molestara a mi hermano. No, ¿cómo podría molestarle? Eso sí, tenía que tener el mayor cuidado posible para no despertar a mi hermana, no quería que desde tan temprano ya empezara a preocuparse por mí. En un momento, me cambié, cogí una chaqueta de la silla plegable situada junto al escritorio y me la puse. El tiempo era horrible en Praga y, aunque luego me entrara calor, era mejor prevenir que curar. Subí la cremallera despacio, intentando no hacer ruido. Mi hermana pequeña dormía en mi misma habitación -lo cual me hacía pensar en cómo podía dormir con el ruido del reloj- y como se despertase, no habría quien saliera de ahí. Salir de noche le parecía preligroso. A ella, no a mí.

De puntillas sobre los tenis que ya me había puesto, fui hasta la ventana y la abrí con cuidado. Observé la solitaria calle. Desde hacía tiempo que casi nadie salí a la calle. No por ser temprano, sino por lo que pudiera ocurrir ahí fuera. Respiré hondo y subí al bordillo de la ventana quedando sentada sobre él. En realidad, o es que me lo parecía a mí, no era tan alta la caída. Lo mucho que me llegué a hacer fue romperme una muñeca, pero nunca más allá de eso. Miré abajo, al frente y volví a mirar abajo. «Como muchas otra veces, Burne, como siempre lo haces.» Cerré los ojos y salté de la ventana esperando encontrar el golpe con el suelo. Sí, fuerte pero sin contusiones graves. Me levanté sacudiéndome el polvo y la tierra que se habían quedado en la chaqueta o los pantalones y arranqué de mi pelo enredado las hojas que habían caído de los árboles.

Ya era libre, como los pájaros. Meneé los brazo de atrás a delante para después hacer un par de estiramientos leves con las piernas. Un último gesto con el cuello, haciéndolo crujir. Mi hermana los detestaba. Era un ruido que no era capaz de soportar, como si le diera grima. Siempre lo hacía para molestarla hasta que al final acabó en costumbre. Sonríe y me puse en marcha. Un nuevo día, la misma rutina. Siempre. Correr, correr y más correr; no había un solo días en el que mis piernas se movieran a toda velocidad. Como los efectos de una droga se podía describir. Grandes zancadas, velocidad, adrenalina. Todo eso y más. Aceleré un poco más atravesando una calle. Luego aceleré un poco más, podía sentir como la brisa jugueteaba con mi pelo. No me daba cuenta de a donde iba, ni donde estaba, simplemente seguía corriendo. Hasta que llegué a la cuevas semi escondidas de Praga.

Me gustaba mucho ese sitio. Casi invisibles para el resto del mundo, las cuevas eran uno de mis escondites favoritos. No hacía calor ni frío,ni había gente molesta que te irritaba con una simple mirada. Nada. Era yo sola, yo, el silencio y nadie más. Podía sentir la libertad en ese preciso instante. Lástima que no hubiera llevado mi cámara. Siempre la olvidaba cuando quería llevármela. Maldije por lo bajo mientras me sentaba en un roca cerca de una de las cuevas. No estaba cansada, ni mucho menos, pero quería disfrutar de los momentos que pudiera tener a solas ahí. Y aunque no pudiera distinguir el color azul del cielo, sí que podía notar que este pasaba del gris oscuro a blanco claro, puro. Era, en cierto modo, bonito.

- Ojalá algún día... - susurré sin pensar en nada más.
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S. Burne Kiles

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